José Martí de La Mejorana a Dos Ríos

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Fragmentos un artículo del Doctor Eusebio Leal Spengler titulado “El Titán de Bronce (II)”, publicado en www.eusebioleal.cu el 13 de enero del 2012.

URL:  http://www.eusebioleal.cu/curriculum/conferencias/el-titan-de-bronce-ii/

Los recortes del texto hacen referencia a la reunión y los temas tratados en La Mejorana por los principales líderes la guerra de 1895 y los acontecimientos de su muerte en Dos Ríos.

“… El poder civil fue uno de los temas álgidos discutidos en La Mejorana, a puertas cerradas, entre aquellos tres grandes hombres: Martí, Maceo y Gómez. Otro pudiera haber sido las causas del fracaso del Plan de Fernandina y, en una misma cuerda de reproches mutuos, el problema suscitado en rededor de la expedición de Costa Rica, el empleo del dinero y el encargo de la misma a Flor Crombet.”

Nadie sabe lo que se habló dentro, pero por el propio Martí —que escribió la frase en su Diario— sabemos que Maceo le dijo: «Lo quiero menos de lo que lo quería». Como hemos explicado antes, el Apóstol había conquistado el corazón de Antonio, visitando a su madre en Jamaica y escribiendo una de las más bellas semblanzas de Mariana Grajales, publicada en Patria. Pero el Titán de Bronce no había podido olvidar el incidente con Flor, aunque aceptara venir en las condiciones impuestas. Era como una espina que tenía clavada en el pecho.

Llegó el altercado entre ellos a ser tan fuerte, que dijeron: «Esto tiene que resolverse por otra vía, como hombres». Entonces intervinieron los demás y levantaron un acta: «Cuando Cuba sea libre, dirimiremos nuestro problema; ahora no, ahora es Cuba».

El otro tema, no menos álgido, era el regreso del Delegado al exterior, que tanto Gómez como Maceo consideraban imprescindible para la causa revolucionaria, como ya se ha explicado. Pero Martí no aceptó. De hecho, en el Diario —en el que faltan tres páginas—, está clara su idea obsesiva de marchar a Camagüey, donde la juventud camagüeyana se levantaría en armas siguiendo al viejo caudillo, ex marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros Betancourt, quien era como el heredero de la tradición agramontina.

En verdad, el infortunio de Dos Ríos pudo haber sobrevenido en cualquier momento, luego de que concluida la reunión en La Mejorana, Gómez y Martí continuasen su marcha con escasas fuerzas. Estaban acampados en ese sitio donde confluyen el Cauto y el Contramaestre —de ahí su nombre—, cuando son sorprendidos por una patrulla española.

Otra vez vuelve a sentir el Delegado las palabras que no le agradan, que lo minimizan, cuando el General en Jefe le ordena que se aparte, seguramente con ánimo de protegerlo. Entonces, hace todo lo contrario, tal vez recordando la reunión de La Mejorana, dispuesto a demostrar que es capaz de enrolarse en el combate, su primer combate como Mayor General.

El Apóstol cabalgaba sobre un bello caballo que José Maceo le había regalado. Éste sentía veneración por Martí, pues cuando se encontraron en Costa Rica, José estaba recién casado, enamorado, y no estaba dispuesto a marcharse para Cuba, ni siquiera con su hermano Antonio, al que adoraba. Y entonces le pidió a Martí: «¡Convénzalo usted!». Años más tarde, antes de morir, José Maceo reconocería la influencia de Martí en su decisión de pelear por la independencia de Cuba.

Enardecido por los disparos, el General en Jefe ordena vadear el río, que está crecido pues transcurría el mes de mayo. El práctico le dice que «no, por ahí no», pero Gómez insiste con duras palabras y, a su orden, descienden abruptamente por el lodazal para luego subir al otro lado del río. Sobre una planicie aguardan los españoles, cuyos tiradores reciben a la avanzada cubana con una andanada de fuego. Ya nadie sabe dónde está nadie. Martí entra en ese triángulo, apenas acompañado de un muchacho llamado Ángel de la Guardia, un maestro de escuela que lo acompaña accidentalmente.

Hay una incongruencia: el Apóstol no lleva la ropa de todos los días, la ropa de combate que se había hecho: camisa y pantalón azul, zapatos o borceguíes… Iba elegantemente vestido en el brioso y blanco corcel que José Maceo le regalara, como quien va a otro destino: chaqueta larga y oscura, pantalón claro… en su diestra el revólver plateado con cachas de nácar, regalo de Panchito Gómez Toro. Así cae Martí.

Ángel de la Guardia es el único testigo de la muerte del Apóstol y, cuando Gómez lo encuentra de regreso y le pregunta, sólo atina a responder: «Quedó allá». Entonces el General en Jefe se lanza a buscar a Martí, y después se quejará con amargura que éste no le obedeció cuando le ordenó se pusiera a su lado e hizo todo lo contrario. Son palabras duras, porque era una responsabilidad enorme que había caído sobre su conciencia. A su lado, había muerto «el Presidente», como ya algunos empezaban a llamarle, aunque el propio Martí rehusara públicamente ese nombramiento anticipado.

Con la muerte prematura del Apóstol, se torna largo y doloroso el camino de la unidad nacional. Convertido en el jefe político y militar de la Revolución, el generalísimo Gómez se traslada inmediatamente a Camagüey, adonde llega enfermo y casi solo…”

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